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Comenzar…

COMENZANDO EL DÍA

 

Más y más.

 

Hoy estamos comenzando un nuevo día que Dios nos concede para que seamos buenos y practiquemos la virtud. Y si en él queremos recibir dones, está bien que los pidamos en la oración. Pero ¿por qué no empleamos un método más efectivo todavía? Efectivamente la mejor manera de interesar al Señor en nuestras necesidades, es ocuparnos y preocuparnos por Sus “necesidades”, es decir, Su gloria, la salvación de las almas y la venida del Reino de Dios al mundo.

Dios quiere hacer un dulce pacto con nosotros, que nos es muy conveniente: Él se compromete a ocuparse tanto más de nosotros y de nuestras cosas, cuanto más nosotros nos ocupemos de Él y de sus cosas.

Así que a partir de hoy hagamos el propósito de “competir” con Dios, de hacer mucho, muchísimo por Él y por las almas, que son sus tesoros, y entonces sí que el Señor volcará sobre nosotros un mar de dones de todo tipo, y seremos felices ya en este mundo.

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Acto de Amor…

ACTO DE AMOR

 

“Y Dios me dio a conocer una sola y única cosa que a sus ojos tiene el valor infinito, y éste es el amor de Dios, amor, amor y una vez más amor, y con un acto de amor puro de Dios nada puede compararse. Oh, qué inefables favores Dios concede al alma que lo ama sinceramente. Oh, felices las almas que ya aquí en la tierra gozan de sus particulares favores, y éstas son las almas pequeñas y humildes”.

(Santa Faustina Kowalska – Diario #778)

 

Mientras el mundo se atomiza y desintegra por el odio de los hombres y de los pueblos, Jesucristo quiere renovarlo y salvarlo por el amor.

Quiere que se eleven hacia el cielo llamas de amor que neutralicen las llamas del odio y del egoísmo.

A tal efecto, enseñó a Sor M. Consolata Betrone un Acto de Amor sencillísimo que debía repetir frecuentemente, prometiéndole que cada Acto de Amor salvaría el alma de un pecador y que repararía mil blasfemias. 

 

La fórmula de este Acto es:

“Jesús, María, oamosalvad las almas

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Visión de Pentecostés…

Introducción
 
 
 
 
La obra de María Valtorta es pródiga en visiones y revelaciones que nos emocionan hasta las lágrimas. Lo que ocurrió en aquel hermoso día de Pentecostés fue relatado por ella, de tal modo que podamos comprender el rol de María en la historia de la salvación, ya que Ella es la mas maravillosa corona de la Creación de Dios. La Santisima Trinidad canta de alegría al admirar la perfección en el amor de Su hija predilecta.
 
Los invitamos a disfrutar hoy estas hermosas visiones de María Valtorta:
 
La venida del Espíritu Santo. Fin del ciclo mesiánico
 
No hay voces ni ruidos en la casa del Cenáculo. No hay tampoco discípulos (al menos, no oigo nada que me autorice a decir que en otros cuartos de la casa estén reunidas personas). Sólo se constatan la presencia y la voz de los Doce y de María Santísima (recogidos en la sala de la Cena).
 
(…)La Virgen, sentada sola en su asiento, tiene a sus lados, en los triclinios, a Pedro y a Juan (a la derecha, a Pedro; a la izquierda, a Juan). Matías, el nuevo apóstol, está entre Santiago de Alfeo y Judas Tadeo. La Virgen tiene delante un arca ancha y baja de madera oscura, cerrada. María está vestida de azul oscuro. Cubre sus cabellos un velo blanco, cubierto a su vez por el extremo de su manto Todos los demás tienen la cabeza descubierta.
 
María lee atentamente en voz alta. Pero, por la poca luz que le llega, creo que más que leer repite de memoria las palabras escritas en el rollo que tiene abierto. Los demás la siguen en silencio, meditando. De vez en cuando responden, si es el caso de hacerlo.
 
El rostro de María aparece transfigurado por una sonrisa extática. ¡¿Qué estará viendo, que tiene la capacidad de encender sus ojos como dos estrellas claras, y de sonrojarle las mejillas de marfil, como si se reflejara en Ella una llama rosada?!: es, verdaderamente, la Rosa mística…
 
Los apóstoles se echan algo hacia adelante, y permanecen levemente al sesgo, para ver el rostro de María mientras tan dulcemente sonríe y lee (y parece su voz un canto de ángel). A Pedro le causa tanta emoción, que dos lagrimones le caen de los ojos y, por un sendero de arrugas excavadas a los lados de su nariz, descienden para perderse en la mata de su barba entrecana.
 
Pero Juan refleja la sonrisa virginal y se enciende como Ella de amor, mientras sigue con su mirada a lo que la Virgen lee, y, cuando le acerca un nuevo rollo, la mira y le sonríe.
 
La lectura ha terminado. Cesa la voz de María. Cesa el frufrú que produce el desenrollar o enrollar los pergaminos. María se recoge en una secreta oración, uniendo las manos sobre el pecho y apoyando la cabeza sobre el arca. Los apóstoles la imitan…
 
Un ruido fortísimo y armónico, con sonido de viento y arpa, con sonido de canto humano y de voz de un órgano perfecto, resuena de improviso en el silencio de la mañana. Se acerca, cada vez más armónico y fuerte, y llena con sus vibraciones la Tierra, las propaga a la casa y las imprime en ésta, en las paredes, en los muebles, en los objetos. La llama de la lámpara, hasta ahora inmóvil en la paz de la habitación cerrada, vibra como chocada por el viento, y las delgadas cadenas de la lámpara tintinean vibrando con la onda de sobrenatural sonido que las choca.
 
Los apóstoles alzan, asustados, la cabeza; y, como ese fragor hermosísimo, que contiene las más hermosas notas de los Cielos y la Tierra salidas de la mano de Dios, se acerca cada vez más, algunos se levantan, preparados para huir; otros se acurrucan en el suelo cubriéndose la cabeza con las manos y el manto, o dándose golpes de pecho pidiendo perdón al Señor; otros, demasiado asustados como para conservar ese comedimiento que siempre tienen respecto a la Purísima, se arriman a María.
 
El único que no se asusta es Juan, y es porque ve la paz luminosa de alegría que se acentúa en el rostro de María, la cual alza la cabeza y sonríe frente a algo que sólo Ella conoce y luego se arrodilla abriendo los brazos, y las dos alas azules de su manto así abierto se extienden sobre Pedro y Juan, que, como Ella, se han arrodillado. Pero, todo lo que he tardado minutos en describir se ha verificado en menos de un minuto.
 
Y luego entra la Luz, el Fuego, el Espíritu Santo, con un último fragor melódico, en forma de globo lucentísimo, ardentísimo; entra en esta habitación cerrada, sin que puerta o ventana alguna se mueva; y permanece suspendido un momento sobre la cabeza de María, a unos tres palmos de su cabeza (que ahora está descubierta, porque María, al ver al Fuego Paráclito, ha alzado los brazos como para invocarlo y ha echado hacia atrás la cabeza emitiendo un grito de alegría, con una sonrisa de amor sin límites). Y, pasado ese momento en que todo el Fuego del Espíritu Santo, todo el Amor, está recogido sobre su Esposa, el Globo Santísimo se escinde en trece llamas cantarinas y lucentísimas -su luz no puede ser descrita con parangón terrenal alguno-, y desciende y besa la frente de cada uno de los apóstoles.
 
Pero la llama que desciende sobre María no es lengua de llama vertical sobre besadas frentes: es corona que abraza y nimba la cabeza virginal, coronando Reina a la Hija, a la Madre, a la Esposa de Dios, a la incorruptible Virgen, a la Llena de Hermosura, a la eterna Amada y a la eterna Niña; pues que nada puede mancillar, y en nada, a Aquella a quien el dolor había envejecido, pero que ha resucitado en la alegría de la Resurrección y tiene en común con su Hijo una acentuación de hermosura y de frescura de su cuerpo, de sus miradas, de su vitalidad… gozando ya de una anticipación de la belleza de su glorioso Cuerpo elevado al Cielo para ser la flor del Paraíso.
 
El Espíritu Santo rutila sus llamas en torno a la cabeza de la Amada. ¿Qué palabras le dirá? ¡Misterio! El bendito rostro aparece transfigurado de sobrenatural alegría y sonríe con la sonrisa de los serafines, mientras ruedan por las mejillas de la Bendita lágrimas beatíficas que, incidiendo en ellas la Luz del Espíritu Santo, parecen diamantes.
 
El Fuego permanece así un tiempo… Luego se disipa… De su venida queda, como recuerdo, una fragancia que ninguna flor terrenal puede emanar… es el perfume del Paraíso…
 
Los apóstoles vuelven en sí… María permanece en su éxtasis. Recoge sus brazos sobre el pecho, cierra los ojos, baja la cabeza… nada más… continúa su diálogo con Dios… insensible a todo… Y ninguno osa interrumpirla.
 
Juan, señalándola, dice: 
-Es el altar, y sobre su gloria se ha posado la Gloria del Señor…
-Sí, no perturbemos su alegría. Vamos, más bien, a predicar al Señor para que se pongan de manifiesto sus obras y palabras en medio de los pueblos – dice Pedro con sobrenatural impulsividad.
-¡Vamos! ¡Vamos! El Espíritu de Dios arde en mí – dice Santiago de Alfeo.
-Y nos impulsa a actuar. A todos. Vamos a evangelizar a las gentes.
 
Salen como empujados por una onda de viento o como atraídos por una vigorosa fuerza.
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Vivir bien…

Secretos para bien vivir

Vivir el presente.

Parece una obviedad pero hay que saber vivir el presente, es decir, no estar atados al pasado ni obsesionados por el futuro. Y si bien esto es fácil de decir, no son muchos los que lo llevan bien a la práctica. ¡Y pensar que de ello depende la felicidad en esta vida y la paz del alma! Pues efectivamente el pasado no podemos ya modificarlo, y mientras perdemos tiempo, energía y ánimo en considerar las cosas pasadas, especialmente las que hemos hecho mal, se nos escapa de las manos el presente, que es el instante que Dios nos regala para que seamos santos y lo aprovechemos para reparar todo el mal que hayamos podido hacer en el pasado. Y pensar en lo que nos depara el futuro, es inútil porque quizás ese futuro, ese mañana, no llegue nunca a nosotros, pues ¿quién nos asegura que mañana despertaremos?

Entonces aprendamos a vivir día por día, momento por momento, anclándonos en el presente y estando contentos en él. Digo “contentos” y no “felices”, porque la felicidad no depende de nosotros, en cambio el estar contentos sí depende de nosotros, ya que “contento” quiere decir “estar contenido”, o sea, saber contentarse con lo poco o mucho que tenemos y en la situación que estamos, sabiendo que Dios todo lo que nos manda es por amor hacia nosotros, incluso cuando parecen cosas malas y que nos hacen daño. El verdadero y único daño que debemos temer seriamente es el infierno, con su “pena de daño”, y eso sí es temible en extremo. Pero mientras estemos en este cuerpo mortal debemos dar gracias a Dios, de que todavía tenemos esperanza de Cielo y, con nuestros sufrimientos vamos descontando del tiempo de purificaciones ultraterrenas en el Purgatorio, que son muchísimo más terribles que los mayores sufrimientos en este mundo.

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Pruebas de vida…

Pruebas de la vida

No cantemos victoria.

Hasta que no estemos en el Cielo, no podemos cantar victoria, porque la vida tiene muchas pruebas y no sabemos si mañana estaremos con el mismo ánimo de hoy, y si no habremos perdido la Gracia santificante. Tampoco sabemos cómo será nuestra salud, porque hoy quizás estamos sanos, pero luego podemos caer enfermos; o bien estar ahora enfermos, y recuperar luego la salud.

Como no sabemos todavía las pruebas por las que, quizás, todavía deberemos pasar, no cantemos victoria, y como bien dice el Apóstol: “Quien está seguro, cuide de no caer”.

El hombre es tan mudable como las veletas, y lo que hoy nos parece imposible hacer, por ejemplo traicionar a Dios, quizás lo lleguemos hacer con el tiempo.

Por eso siempre hay que ser humildes y pedir constantemente a Dios en la oración que nos cuide y no nos deje caer de su mano, ni permita en nosotros y nuestra vida una prueba muy grande, porque conocemos, quizás por experiencia propia, lo frágiles que somos.

Siempre debemos ser prudentes y estar convencidos de que mientras hay vida, hay peligro, pues la misma vida es peligro. Y hasta que no estemos ya en el Cielo, siempre está la posibilidad de fallar. Han caído miserable y lastimosamente almas mucho más santas y sabias que nosotros, ¿por qué no podemos caer también nosotros?

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Jacinta…

JACINTA, vidente de Fátima.

(10-3-1910 a 20-2-1920) 

 

Vivía apasionada por el ideal de convertir pecadores, a fin de arrebatarlos del suplicio del infierno, cuya pavorosa visión tanto la impresionó.

Alguna vez preguntaba: “¿Por qué es que Nuestra Señora no muestra el infierno a los pecadores? Si lo viesen, ya no pecarían, para no ir allá. Has de decir a aquella Señora que muestre el infierno a toda aquella gente. Verás cómo se convierten. ¡Qué pena tengo de los pecadores! ¡Si yo pudiera mostrarles el infierno!”

Antes de morir, Nuestra Señora se dignó aparecérsele varias veces. He aquí lo que ha dictado a su madrina Madre Godinho. 

 

Sobre los pecados 

 

Los pecados que llevan más almas al infierno son los de la carne.

Han de venir unas modas que han de ofender mucho a Nuestro Señor.

Las personas que sirven a Dios no deben andar con la moda.

Los pecados del mundo son muy grandes.

Si los hombres supiesen lo que es la eternidad harían todo para cambiar de vida. Los hombres se pierden porque no piensan en la muerte de Nuestro Señor ni hacen penitencia.

Muchos matrimonios no son buenos, no agradan a Nuestro Señor ni son de Dios. 

 

Sobre las guerras 

 

Nuestro Señor dijo que en el mundo habrá muchas guerras y discordias.

Las guerras no son sino castigos por los pecados del mundo.

Nuestra Señora ya no puede retener el brazo castigador de su Hijo sobre el mundo.

Es preciso hacer penitencia. Si la gente se enmienda, Nuestro Señor todavía salvará al mundo; mas si no se enmienda, vendrá el castigo. 

 

Sobre los sacerdotes 

 

Pida mucho por los Padres, pida mucho por los Religiosos.

Los Padres sólo deben ocuparse de las cosas de la Iglesia.

Los Padres deben ser puros, muy puros.

La desobediencia de los Padres y de los Religiosos a sus Superiores y al Santo Padre, ofende mucho a Nuestro Señor.

Pida mucho por los Gobiernos.

¡Ay, de los que persiguen la religión de Nuestro Señor!

Si el Gobierno deja en paz a la Iglesia y da libertad a la religión será bendecido por Dios. 

 

Sobre las virtudes cristianas 

 

No ande rodeada de lujo; huya de las riquezas.

Sea amiga de la santa pobreza y del silencio.

No hable mal de nadie y huya de quien hable mal.

Tenga mucha paciencia, porque la paciencia nos lleva al cielo.

La mortificación y los sacrificios agradan mucho a Nuestro Señor. 

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Perseverancia…

Perseverar es la contraseña

Perseverar en la oración. 

Debemos perseverar en gracia de Dios, y así alcanzar la perseverancia final, es decir, que al fin de nuestra vida nos encontremos en gracia de Dios y nos salvemos. Pero esta perseverancia no se alcanzará sin oración. Y la oración no puede ser esporádica, sino perseverante.

¡Cuánta necesidad tenemos de perseverar en la oración! Si no rezamos, estamos perdidos en el tiempo y en la eternidad. Y si rezamos un tiempo, pero luego dejamos la oración, veremos que aparentemente no pasa nada, pero seremos como esas frutas de los árboles que están maduras y que se pasan de fecha, y que aparentemente están sanas, pero que de pronto caen al suelo, podridas, y terminan en el estercolero. Así también nosotros, si dejamos de rezar, terminaremos en el abismo infernal, porque nadie se salva sin la ayuda de Dios, y Dios no da ordinariamente su ayuda a quien no reza.

Si bien es necesario aprender a perseverar en todo lo bueno que hagamos, el corazón de nuestra vida cristiana debe ser la oración, y por eso necesitamos perseverar en la oración, cosa que vale más que todo el oro del mundo. Por eso no podemos tener excusas de que nos falta tiempo para rezar, u otro motivo, porque ya lo ha dicho San Alfonso María de Ligorio: “El que reza se salva,  y el que no reza se condena”, y ésta es una gran verdad que ojalá no la debamos experimentar en carne propia.

Comencemos de a poco, aunque sea las tres avemarías todos los días. Luego podemos intentar rezar un misterio del rosario y perseverar un tiempo en ello. Y si luego nos animamos, rezar el Rosario entero. Si un día no podemos rezarlo entero, entonces rezar uno o dos misterios, pero ¡nunca dejar de rezar! Si hacemos así, Dios tendrá compasión de nosotros, nos dará el gusto por la oración, y con el tiempo rezaremos mucho y obtendremos muchos frutos y consuelo.

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