Just another WordPress.com site

Sin categoría

Permanencia…

La Iglesia permanecerá

hasta el fin de los tiempos

Meditación y Reflexiones Cristianas: La Iglesia permanecerá hasta el fin de los tiemposNos narra el Evangelio en Mateo 14, 24-25 que los Apóstoles navegaban hacia Cafarnáun cuando ya había oscurecido. El mar estaba agitado por el fuerte viento, y la barca era vapuleada por las olas. 

La Tradición ha visto en esta barca la imagen de la Iglesia, zarandeada a lo largo de los siglos por el oleaje de las persecuciones, de las herejías y de las infidelidades. Siempre, desde el principio sufrió contradicciones y ataques, y hoy como ayer se sigue combatiendo a la Iglesia. 

Eso nos hace sufrir a quienes la amamos, pero a la vez nos da una inmensa seguridad y una gran paz, porque Cristo mismo está dentro de la barca; vive para siempre en la Iglesia, y por eso, las puertas del infierno no prevalecerán contra Ella (Mateo 16, 18); la Iglesia durará hasta el final de los tiempos, pésele a quien le pese y por más que sea atacada. 

No nos dejemos impresionar porque ha arreciado la tempestad contra nuestra Madre, pues podríamos perder la paz, la serenidad y la visión sobrenatural. Cristo está siempre cerca de nosotros, de cada uno, y nos pide confianza. 

La Iglesia tiene carácter imperecedero, es decir, durará hasta el fin del mundo: no habrá cambio sustancial en su doctrina, en su constitución o en su culto. La razón de la permanencia de la Iglesia está en su íntima unión con Cristo, que es su Cabeza y Señor. 

Después de subir a los cielos, Jesucristo envió a los suyos el Espíritu Santo para que les enseñe toda la verdad (Juan 14, 16), y cuando les encargó predicar el Evangelio a todas las gentes, les aseguró que Él estaría siempre con ellos hasta el final del mundo (Mateo 28, 20). La fe nos atestigua que esta firmeza en su constitución y en su doctrina durará siempre, hasta que Él venga. 

Los ataques a la Iglesia, los malos ejemplos, los escándalos, nos llevarán a amarla más, a pedir por esas personas y a desagraviar al Señor ofreciéndonos para el perdón de sus ofensas. Permanezcamos siempre en comunión con la Iglesia, fieles a su doctrina, unidos a sus sacramentos, y dóciles a la jerarquía. 

Meditación y Reflexiones Cristianas: La Iglesia permanecerá hasta el fin de los tiemposA aquella barca, Jesús llega inesperadamente caminando sobre las aguas, para auxiliar a los Apóstoles que se encontraban llenos de pavor, para robustecer su fe débil y para darles ánimos en medio de la tempestad. Las tempestades con el Señor, mediante la oración y los sacramentos, sean interiores o a nuestro alrededor, se tornan en oportunidades para crecer en fe, en esperanza, en caridad y en fortaleza. 

Así nos lo indica la Palabra de Dios, mediante la exhortación de San Pablo: 

“Fortalézcanse en el Señor con su energía y su fuerza. Lleven con ustedes todas las armas de Dios para que puedan resistir las maniobras del diablo. Pues no nos estamos enfrentando a fuerzas humanas, sino a los poderes y autoridades que dirigen este mundo y sus fuerzas oscuras, los espíritus y fuerzas malas del mundo de arriba. 

Por eso pónganse la armadura de Dios, para que en el día malo puedan resistir y mantenerse en la fila valiéndose de todas sus armas. Tomen la verdad como cinturón y la justicia como coraza; estén bien calzados, listos para propagar el Evangelio de la paz. Tengan siempre en la mano el escudo de la fe, y así podrán atajar las flechas incendiarias del demonio. Por último, usen el casco de la salvación y la espada del Espíritu, o sea, la Palabra de Dios. 

Vivan orando y suplicando. Oren en todo tiempo según les inspire el Espíritu. Velen en común y perseveren en sus oraciones sin desanimarse nunca, intercediendo en favor de todos los santos, sus hermanos.” (Efesios 6, 10-18). 

En nuestra vida personal no faltarán tormentas. Con el tiempo comprenderemos el sentido de estas dificultades. Y, recordemos, siempre contamos con la ayuda de nuestra Madre del Cielo, especialmente cuando estamos en medio de la dificultad. ¡Acudamos a Ella con amor y confianza!


Santoral…

Santoral               (si GoogleGroups corta el texto, lo encontrará en www.iesvs.org)

 

Nuestra Señora de la Consolación Advocación Mariana, Junio 20  

 

Nuestra Señora de la Consolación

La Madre que consuela y sostiene

 

Fuente: www.terrelontane.org
El día 20 de junio se celebra la fiesta de la Santísima Virgen del Consuelo, patrona especial de Turín y del Piamonte.

El culto de la Virgen del Consuelo data del siglo XI, cuando se amplió el primitivo edificio dedicado a San Andrés y se erigió, en el transcurso del siglo XVIII el Santuario de la Consolación, una de las iglesias más bellas y más amadas por los habitantes de Turín.

En relación con el culto de la Virgen del Consuelo, se narra que, en el mismo sitio en que hoy admiramos el santuario, había un pequeño templete que se vio destruido en una de las invasiones de los bárbaros.

Algunos años después, en la ciudad de Briançon, un hombre ciego de nacimiento, tuvo en sueños una visión de la Virgen María que le exhortó a llegarse a Turín para buscar un cuadro con su efigie que se había extraviado.

El hombre, llegado a aquel sitio, recobró milagrosamente su vista y pudo ver a la Virgen, quien se presentó como “Consoladora” y se convirtió en la patrona de Turín.

Hoy, la Virgen del Consuelo no sólo es venerada por muchísimos fieles que a ella imploran gracia y consuelo y que con fe y con devoción participan en la procesión que, todos los años durante su celebración, sale del Santuario y serpentea por las calles de la ciudad.

Ella es también la Madre inspiradora de los misioneros que, en su nombre, se empeñan en llevar el Evangelio por todo el mundo. Al igual que María, que veneran bajo el título de Consolación, pretenden llevar al mundo el auténtico Consuelo que es Jesús, el Evangelio y con ello su presencia junto a los marginados, con la ayuda a los afligidos, la cura a los enfermos, la defensa de los derechos humanos y el fomento de la justicia y de la paz.

Por todo eso, ellos se dedican a la Misión de forma total, sin ninguna clase de vínculos, alejados de la materialidad de las cosas, profesando la pobreza y la obediencia en el espíritu de la beatitud evangélica.

Imagen


Oración…

Oración al Espíritu Santo frente al Santísimo
Es el Espíritu Santo a quien tenemos que llamar y pedirle que siempre nos acompañe e ilumine en nuestro diario caminar. 
Autor: Ma Esther De Ariño | Fuente: Catholic.net 
 
Es jueves, Señor, y estoy frente a ti…

Voy a empezar este diálogo con una invocación al Espíritu Santo:

“Oh, Espíritu Santo, amor del Padre y del Hijo. Inspírame ser siempre razonable en mi pensar, acertar lo que voy a decir, cuando me convienen hablar y cuando me conviene callar, ilumíname para escribir, impúlsame para actuar, que tengo que hacer para saber perdonar procurando tu mayor gloria y bien de las alma y mi propia santificación. ¡Espíritu Santo ilumina mi entendimiento y fortalece mi voluntad!. Amén”

Yo se que esta oración te agrada porque cuando te llegó el momento de partir hacia el Padre, tu corazón de hombre supo de la pena, de lo que es una despedida… Dejabas a tu Madre que tanto amabas….la dejaste al cuidado y protección de Juan, pero….”la dejabas”…. a tus queridos amigos, a las personas que te seguían fieles y que tanto estimabas.

Por eso nuestra fe, nuestra religión es única y verdadera por ser revelada cuando dijiste: – “Si me amais guardareis mis mandamientos y yo rogaré al Padre y os dará otro Paráclito (abogado y consejero) para que esté con vosotros para siempre. Espíritu de verdad a quién el mundo no puede recibir porque no lo ve ni le conoce. Pero vosotros le conoceis porque mora en vosotros y en vosotros está”. Juan 14, 15-17. 

Tu, Jesús, nos enseñaste esta gran verdad… ¡y qué poco pensamos en ella ! 

El Espíritu Santo que es el Espíritu de Dios, no tiene otro deseo que el que le llamemos, ¡ven Espíritu Santo! para venir en nuestra ayuda en medio de nuestras tristezas y desolaciones… 

¡Qué poca fe, Señor, perdónanos!

El es una fuente de gracias y de inspiraciones para llevarnos a obrar, en todos los momentos de nuestra vida con la seguridad de poder acertar en el seguimiento de la voluntad de Dios. Es la Tercera persona de la Santísima Trinidad. Es Dios de la misma sustancia divina que el Padre y el Hijo pero al mismo tiempo una Persona distinta de las otras dos, pero solo hay un Dios.

Y ese Dios-Padre por nadie fue hecho ni creado ni engendrado. El Hijo fue engendrado y se hizo hombre y es Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo porque es el AMOR de ambos. 

Y ese AMOR y ese ESPIRITU lleno de Dios es al que tenemos que llamar y pedirle que siempre nos acompañe e ilumine en nuestro diario caminar. En este diario vivir que siempre nos salen al paso diferentes alternativas y decisiones y muchas veces son tan importantes que dudamos ante ¿dónde estará lo correcto?. 

Oremos.

Vivamos esta gran maravilla de Dios que desea que nos acompañe el GRAN CONSOLADOR.

Salimos y dejamos tu sacramental presencia en el Sagrario reconfortados por esta reflexión de hoy donde has puesto en nuestro corazón la fortaleza y la paz de ese tu Gran Espíritu. 

¡Gracias, Jesús !

 
Saludos  y bendiciones,

Itzel Paz de Silgado

La verdadera felicidad se encuentra en Dios”.  Benedicto XVI

Imagen

La oración…

Mensaje sobre la oración 

Humildad. 

Esto mismo vino a decir San Bernardo, cuando escribió: ¿Quiénes somos nosotros y qué fortaleza tenemos para poder resistir a tantas tentaciones? Pero esto cabalmente era lo que pretendía el Señor: que entendamos nuestra miseria y que acudamos con toda humildad a su misericordia, pues no hay otro auxilio que nos pueda valer. Muy bien sabe el Señor que nos es muy útil la necesidad de la oración, pues por ella nos conservamos humildes y nos ejercitamos en la confianza. Y por eso permite el Señor que nos asalten enemigos que con nuestras solas fuerzas no podemos vencer, para que recemos y por ese medio obtengamos la gracia divina que necesitamos.

“El gran medio de la oración” – San Alfonso María de Ligorio. 

Comentario: 

Hay personas que pueden ser puros como ángeles, pero soberbios como demonios. Ojalá no sea nuestro caso, porque lo que vale es la humildad, y a veces se conquista con humillaciones.

Efectivamente el pecado no hay que cometerlo, pero si caemos, nos viene bien a veces para abatir nuestra soberbia y nuestro creernos poderosos y perfectos. Cuando caemos en pecado, nos damos cuenta que somos barro y que necesitamos de la ayuda de Dios, y que quizás hemos caído porque confiamos demasiado en nosotros mismos, en nuestras solas fuerzas, y nos hemos olvidado de acudir a Dios en la tentación; y así hemos salido mal parados de la prueba.

Pero no nos acobardemos ni abandonemos la escalada a la perfección, sino humillémonos ante la poderosa mano de Dios y pidámosle perdón, y estemos más atentos la próxima vez, y sobre todo más armados con la oración, que es el medio por el que se reciben todas las ayudas del Cielo.

A veces Dios le da al diablo un poco de libertad para que nos zarandee, porque muchas veces no pecamos porque Dios nos cuida. Es como que el Señor ha hecho un cerco a nuestro alrededor para que el demonio no nos pueda dañar, y muchas veces terminamos por creer que somos nosotros con nuestra destreza, que nos mantenemos en gracia y a salvo. Entonces, para recordarnos que somos polvo, el Señor Dios suelta un poco el lazo al demonio, y éste nos acosa, y ahí es donde caemos en la cuenta de lo débiles que somos. Y si en esos momentos no acudimos a la oración, entonces es muy probable que seamos derrotados por el mal.

Pero hay que aprovechar todo para crecer en humildad. Si caímos en pecado, nos viene bien para ser más humildes; y si no caemos en pecados graves, demos gracias a Dios, porque el mérito es de Él en la mayor parte.

Imagen


Verdades…

Verdades olvidadas

¿Cómo resucitaremos? 

Y ¿sabéis cómo resucitaremos, señores?

Maravillosa la teología de la resurrección de la carne. En primer lugar, resucitaremos con nuestros propios cuerpos, los mismos que ahora tenemos. Está definido por la Iglesia. Inocencio III impuso a los valdenses la siguiente profesión de fe: “Creemos de corazón y confesamos con la boca la resurrección de esta misma carne que ahora tenemos, y no otra”. La Iglesia ha repetido reiteradamente semejante rotunda afirmación.

Señores: Es como para echarse a reír que alguien, en nombre de una pretendida filosofía o de una seudociencia trasnochada, se empeñe en poner obstáculos a la resurrección del mismo cuerpo numérico que ahora tenemos. Es como para echarse a reír o, quizá mejor, para tener compasión de la estupenda ignorancia que con ello se pone de manifiesto. ¿Qué es más fácil, señores, sacar una cosa absolutamente de la nada, produciendo el ser en toda su integridad, sin ninguna materia preexistente, como ocurrió al principio del mundo con el acto creador, o recoger nuestras propias cenizas, que son algo tangible y existente, aunque el viento las haya dispersado a los cuatro puntos cardinales? ¡Si para Dios es ésta la cosa más sencilla del mundo!

Fijaos lo que ocurre con un electroimán. Aplicado a un montón de basura no recoge, no atare hacia sí nada más que las limaduras de hierro; las selecciona instantáneamente y las atrae hacia sí, dejando intacto todo lo demás. Algo parecido ocurrirá con la resurrección de la carne. El electroimán poderosísimo de la omnipotencia divina atraerá desde los cuatro puntos cardinales, dondequiera que el viento las haya dispersado, nuestras propias cenizas y reconstruirá instantáneamente nuestro mismo cuerpo. El mismo numéricamente, el mismísimo que ahora tenemos, aunque adornado de espléndidas prerrogativas, como os explicaré en una de mis próximas conferencias.

Señores: La química moderna ha logrado desintegrar el átomo. Pero desde mucho atrás sabíamos ya que dentro del átomo existe todo un verdadero sistema planetario. Millones y millones de electrones, que, girando vertiginosamente en trillonadas de revoluciones por minuto, nos dan la sensación de la materia continua, cuando en realidad no existe más que la materia discreta, o discontinua. El mundo de la materia se reduce a combinaciones de electrones. No existe más que electricidad; lo demás son meras ilusiones ópticas. En un pedazo de madera, que parece compacto y continuo, hay trillonadas de elementos ultramicroscópicos, que están dando vueltas vertiginosamente, a velocidades fantásticas, dándonos la sensación de una cosa continua, cuando en realidad no hay más que una danza gigantesca de electrones.

En el mundo de la materia no hay más que electrones. La diversidad específica de las cosas materiales que nos rodean obedece al distinto modo de combinarse esos elementos tan simples. En el mundo de la materia no hay más que electrones y combinaciones de electrones.

Ahora bien: la omnipotencia de Dios, que supo sacar de la nada todos esos electrones, ¿no podrá volverlos a reorganizar en una determinada forma, aunque estén dispersos los que pertenecían a nuestro propio cuerpo por los cuatro puntos cardinales del universo?

Repito, señores. Es como para echarse a reír ver a tantos pseudosabios racionalistas poniendo dificultades, desde el punto de vista científico, a una simple y sencilla reorganización de la materia, que es lo único que se requiere para que se produzca el hecho colosal de la resurrección de la carne.

No vale objetar que esa reorganización instantánea de la materia no envolvería dificultad alguna si una misma y determinada materia hubiera pertenecido únicamente a una sola y determinada persona sin pasar jamás a otra, pero es del todo imposible cuando ha formado parte de varias personas distintas, como ocurre, por ejemplo, en el caso de los antropófagos.

No se sigue inconveniente alguno de este hecho. Porque, como explica Santo Tomás, para que se resucite el mismo cuerpo numéricamente no se requiere que se integre a él toda la materia que lo constituyó anteriormente. Basta con que se recupere la suficiente para salvar la identidad numérica, supliendo la divina potencia lo que falte. Pues aun en este mundo vemos que el niño va creciendo y desarrollándose –cambiando totalmente o en parte grandísima, la materia corporal que lo constituye–, sin que deje de tener siempre el mismo cuerpo.

Sin duda alguna que la resurrección de la carne constituirá un gran milagro, que trasciende en absoluto las fuerzas de la simple naturaleza. Pero la omnipotencia divina lo realizará con suma facilidad y sencillez. Para el que supo sacar de la nada todo cuanto existe al conjuro taumatúrgico de su palabra creadora, no puede ofrecer dificultad alguna la simple reorganización de una materia ya existente, aunque el viento la haya dispersado por el mundo.

La segunda cualidad de los cuerpos resucitados será la integridad perfecta. Ello quiere decir que resucitará sin los fallos y deficiencias que acaso tuvieron en este mundo deformidades, falta de algún miembro, etcétera.).

Y ¿por qué así? Santo Tomás expone tres argumentos de alta conveniencia: Porque la resurrección será obra de Dios, que nunca hace las cosas imperfectas; porque es conveniente que los buenos reciban en la integridad de su cuerpo la plenitud del premio, y los malos, la plenitud del castigo; y porque deben resucitar todos los miembros que el alma tenga aptitud natural para informar, con el fin de que no quede manca, o imperfecta, esa tendencia natural.

Resucitaremos íntegros. Y según una opinión probable, compartida por gran número de teólogos y de Santos Padres, los bienaventurados resucitarán en plena edad juvenil, porque Cristo –modelo de los resucitados gloriosos– resucitó joven, en la plenitud de su vida, y porque la juventud es la edad más hermosa de la vida y es conveniente que los eternos moradores del cielo resuciten con un cuerpo hermosísimo, en el que brillen todos los encantos de una perpetua y radiante primavera. Repito, sin embargo, que esto no es un dato de fe, sino sólo una opinión teológica muy bella y razonable.

 (De “El Misterio del más allá” – P. Royo Marín)

 

Imagen


Almas del Purgatorio…

Las Almas del Purgatorio (II)

(Mensaje al Padre Ottavio Michelini)

 

19 de julio de 1976 

 

EL ÚNICO DESEO 

 

Somos almas de la Iglesia Purgante en espera de nuestro encuentro con el eterno Juez divino. 

Somos almas que esperamos el consuelo de la ayuda fraterna que apresure nuestra liberación.

Consideramos superfluo intentar tratar de haceros comprender nuestra pena.

Si una imagen pudiera servir para daros una idea de ello, entonces os decimos: intentad imaginar a un hombre que arde entre las llamas y el deseo que tiene de salir para sumergirse en aguas frescas y limpias.

Es una pálida idea que puede haceros comprender el deseo ardiente de poner fin a la atormentada espera que nos impide unirnos al solo, único Bien por quien hemos sido creados.

En la tierra, distraídos como estáis continuamente por mil intereses, influidos por los sentidos y distraídos en tantas exigencias de la vida material, vosotros no podéis comprendernos a nosotros, almas purgantes. Estamos abrasadas por la única necesidad, por la única aspiración, por el único e inmutable deseo: reunirnos con Aquel, que es Causa y Fin de nuestra existencia. No podéis comprendernos, porque vemos de manera diferente a vosotros. Hermano sacerdote, Don O., tú sabes que no podemos hacer nada por nosotras mismas; pero sabes bien que podemos rezar y obtener para vosotros, todavía militantes en la tierra.

Esto sucede por un admirable designio de la Providencia que ha querido que circule en toda la Iglesia, como Cuerpo Místico, el amor que transcurre entre Jesús y los miembros entre ellos. 

 

Llama vivísima 

 

Ahora considera, que si te vas a comprometer a celebrar el Santo Sacrificio por el único fin por el que Él, el Verbo hecho Carne, lo hizo sobre el Calvario y lo continúa, por medio vuestro, en los altares y es decir por la remisión de los pecados y de las penas debidas por los pecados, tú puedes comprender, hermano nuestro, cuántos fermentos de reconocimiento y gratitud suscitarás en nosotras.

Nosotras nos sentiremos obligadas con relación a ti, intercederemos sin descanso, ofreceremos continuamente nuestro sufrimiento (podríamos llamarlo martirio) por ti y por tus necesidades espirituales, para estar a tu lado en la dura lucha contra las fuerzas del Infierno.

Será, hermano, como si la llamita que actualmente arde en vosotros y en nosotras de improviso se transformase en una grande y vivísima llama.

Habrá un aumento de calor, de dolor y de amor que nos unirá a Él y entre nosotros; “Caritas Christi urget nos” (El amor de Cristo nos apremia).

Hermano sacerdote y ministro de Dios: ¿Por qué no hacemos nunca operantes estos misterios de gracia y de amor latentes en nosotros y en vosotros? ¿Por qué no hacemos saltar el resorte por ambas partes para abreviar en nosotros la pena debida a nuestras culpas, y en vosotros hacer brotar una fuente de tantas gracias insospechadas pero reales?

Hermano Don O., esperamos con ansia que, llevados a término tus compromisos, tu propósito se haga realidad concreta para todo Cuerpo Místico.

Te damos las gracias por el recuerdo cotidiano en espera de unas relaciones más eficaces entre nosotras y tú, que consigan hacer más fecundo el Dogma de la Comunión de los Santos.

Hermano, la experiencia te confirmará la verdad de este mensaje y quisiéramos que muchos sacerdotes llegaran a conocerlo.

Somos Almas purgantes

Imagen


Regalos de Dios…

Autor: Pedro García, Misionero Claretiano | Fuente: Catholic.net
Los regalos de Dios
Las Tres Divinas Personas se nos han dado las tres, cada una a su manera, y se han dado del todo en forma asombrosa.
 
Los regalos de Dios

Cuando hablamos del Espíritu Santo en nuestros mensajes parece que se anima el Programa. Ese día estamos pensando en Dios más que nunca. Y esto a lo mejor es lo que nos va a pasar hoy… 

Un himno de la Liturgia se dirige al Espíritu Santo y le dice: Eres el regalo grande del Dios altísimo. Tan grande, que Dios echó el resto con el Espíritu Santo y se quedó sin nada más que darnos. 

Parece mentira cómo hace Dios las cosas. Todas las hace en grande, como Dios que es. En Él no cabe hacer nada pequeño. Y así es cómo se nos ha dado Dios desde el principio. Ha ido escalonando las cosas que daba, y al fin se ha quedado sin nada más. 

¿Y el Cielo?, preguntarán algunos. Sí, Dios a estas horas nos ha dado ya también el Cielo. Porque incluso el Cielo ya lo llevamos dentro. Lo único que falta es que se rompa el velo de la carne mortal para que podamos disfrutar en gloria lo que ya poseemos en gracia. 

Las Tres Divinas Personas se nos han dado las tres, cada una a su manera, y se han dado del todo en forma asombrosa. Aunque, cuando se nos daba una Persona, se nos daban las otras por igual, cada una según es en el seno de la Santísima Trinidad. 

El primero que se nos dio fue el Padre con la creación. Toda la obra inmensa que contemplan nuestros ojos salió de sus manos amorosas y la puso en las manos nuestras para que la disfrutemos a placer. Nos creó en inocencia y nos dio su gracia, de modo que desde el principio éramos hijos suyos. 

Se nos daba después el Hijo en la obra de la Redención. Cuando cometimos la culpa y perdimos la gracia, Dios manda su Hijo al mundo para que nos salve, y ya sabemos cómo se nos dio Jesús. Desde la cuna de Belén y desde Nazaret hasta el Calvario, y a través de todos los caminos de Galilea, ¡hay que ver cómo se entregaba Jesús! Y cuando había de marchar de este mundo, se las ingenió para irse y quedarse a la vez. Porque, si no, ¿qué otra cosa es la Eucaristía?… Y, ya en el Cielo, nos va a hacer junto con el Padre el regalo de los regalos. 

Finalmente, le tocaba el turno al Espíritu Santo. 
Sentado a la derecha del Padre, Jesús, con todo el poder que tiene como Dios, nos manda el Espíritu Santo, la Tercera Persona de la Santísima Trinidad, para que tome posesión de nuestros corazones, derrame en nosotros el Amor increado de Dios, nos llene de su santidad, nos colme con todos sus dones, produzca en nosotros todos los frutos del Cielo, y sea la prenda de nuestra vida eterna. 

Así Dios, el Dios Uno en las Tres divinas Personas de la Santísima Trinidad, siendo infinitamente rico, se queda sin nada más que darnos… 

El Espíritu Santo es el resto, el colmo, el regalo grande del Dios altísimo, que ya no puede inventar nada mayor para poderlo regalar. 

Son muchas las personas que en nuestros días, volviendo a la devoción que la Iglesia de los primeros siglos tuvo al Espíritu Santo, nos han dado una verdadera lección de felicidad. ¡Hay que ver cómo disfrutan del Espíritu Santo en sus asambleas! Parecen tener la feliz enfermedad de un Felipe de Neri, el Santo más simpático que llenó la Roma del siglo dieciséis. 

Se preparaba para celebrar la fiesta de Pentecostés, porque era muy devoto del Espíritu Santo, cuando se sintió de repente abrasado por un fuego devorador. 
– ¡Que no puedo más! ¡Que no puedo más!… 
Los que le rodeaban empezaron a buscar agua fría, le aplicaban al pecho paños mojados, y nada… El corazón palpitaba como un tambor. Hasta las costillas se levantaban como para estallar. 
Felipe no podía aguantar el gozo inexplicable que le invadía: 
– ¡Basta! ¡Que no puedo con tanta felicidad!… 
Aquel fenómeno místico no se lo explicaba nadie, porque aquel calor le duraba como duraban las llagas a San Francisco de Asís o al Padre Pío… 
Llegaba el invierno y tenía que descubrirse la ropa del pecho para que el calor del amor no se sintiera tan intenso. Y como nadie sabía de qué procedía, el Santo, como hacía con todas sus cosas, lo tomaba a risa delante de los demás. Caminaba así descubierto en pleno invierno por las calles de Roma, por mucho frío que hiciese, y se les reía a los jóvenes: 
– ¡Vamos! A vuestra edad, ¿y no aguantáis el poco frío que hace? 
Los médicos, que tampoco entendían nada, le daban medicinas equivocadas y no conseguían nada tampoco. Ni disminuían las palpitaciones, ni se arreglaban las costillas. El Santo seguía riéndose: 
– Pido a Dios que estos médicos puedan entender mi enfermedad… 

Pues, bien. Eso que ni los jóvenes ni los médicos entendían, es lo que hace en nosotros el Espíritu Santo que se nos ha dado. Así estalla su amor en el corazón. Dios lo quiso manifestar externamente en Felipe Neri para que nosotros entendiéramos la realidad mística y profunda que llevamos dentro. 

El Espíritu Santo es el Huésped de nuestras almas y el que santifica nuestros cuerpos. El Espíritu Santo es el que ilustra nuestras mentes para que entendamos la verdad y penetremos en las intimidades de Dios. El Espíritu Santo es quien nos empuja hacia Dios con la oración que suscita en nosotros. 

El Espíritu Santo, don grandísimo de Dios, lo último que le quedaba a Dios… Eso, eso es lo que Dios nos ha dado…

 
Saludos  y bendiciones,

Itzel Paz de Silgado

La verdadera felicidad se encuentra en Dios”.  Benedicto XVI


Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.