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Nada…

Nada escapa a Dios.

Nada escapa a Dios, y aunque a veces nos parezca que estamos solos y que Dios no se ocupa de nosotros o nos tiene olvidados, Él no pierde detalle de nuestra vida, de lo que nos pasa, de los que nos hacen bien, y de quienes nos hacen mal, y no caerá en vacío ni una lágrima de nuestros ojos, ni un suspiro de nuestra alma, ni un lamento; como así también el Señor ve también nuestras sonrisas, triunfos y consuelos, y bendice a quienes nos los proporcionan.
¡Qué diferente sería en nuestra vida y para nuestro consuelo, si creyéramos esta verdad de que Dios se interesa por nosotros, que está pendiente del menor detalle de nuestra vida, y de las vidas de quienes amamos!
Porque cuando llega el sufrimiento a nosotros o a los que queremos, nos parece que Dios no ve esas cosas, y nos sentimos los seres más desgraciados del mundo, siendo que el Señor ve y sabe, y no permitirá que seamos probados más allá de la medida que Dios ha dispuesto, permitiendo el mal por motivos que quizás no comprendamos en la tierra, pero que con el correr del tiempo, o en la eternidad, comprenderemos.
Lo que nos queda a nosotros es confiar, confiar, confiar en Dios, y aprovechar todo lo que nos suceda para dar gloria a Dios. Ya lo dijo el apóstol que todo lo que hagamos, lo hagamos para gloria de Dios. Si nos suceden cosas buenas, alabemos a Dios. Y si nos suceden cosas menos buenas o incluso malas, no desesperemos porque Dios sabe, y si permite esa prueba es porque ve el fruto que obtendremos al superarla.
Pero muchas veces nos sucede que cuando estamos en la noche del dolor, nos queremos valer por nosotros mismos, dejando de lado a Dios, ya sea porque aturdidos por la situación no caemos en la cuenta de llamar al Señor en nuestra ayuda; o porque creemos que Dios no se interesa de nosotros, o incluso llegamos a creer que Dios es malo.
Es el demonio y los hombres los que causan dolor, nunca Dios. ¿Y por qué Dios lo permite? En parte lo podremos entender en este mundo, pero la respuesta definitiva la tendremos en el más allá. Sólo tenemos que mirar la cruz de Cristo y vislumbraremos un poco la respuesta, ya que ni el mismo Hijo de Dios se libró del padecer toda clase de maldades de los hombres y del demonio.
Lo que pasa es que no tenemos una idea cabal y objetiva de lo que es el pecado, de lo que significa esa realidad del pecado, que con sólo un pecado mortal un alma merece una eternidad de tormentos inexplicables en el Infierno, y que es la causa del infinito padecer de Jesucristo.
El pecado es un misterio, y para “entender” algo de lo que es el pecado, tratemos de “entender” el misterio de Cristo crucificado. Es imposible para nuestra mente humana entender estas realidades que son verdaderos y propios misterios, superiores a la razón humana.
¿Entonces qué debemos hacer? Si estamos felices y nuestra vida se desarrolla en paz, demos gracias a Dios y alabemos al Señor. Si nuestra vida es una cadena de sufrimientos, sepamos que el padecer es fuente de gracias de todo tipo, como lo entendieron los santos y las víctimas que se ofrecieron en holocausto a la Justicia de Dios.
Pero como no somos tan fuertes como los mártires, pidamos a Dios que nos aliviane el sufrimiento y, de ser posible que pase de nosotros el cáliz de dolor sin que lo tengamos que beber. Dios es bueno y escuchará nuestro pedido, haciendo más liviana nuestra cruz cuando ello sea un bien para nosotros, no tanto en el tiempo, sino para la eternidad. Amén.descarga-1

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