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Dolor…

El sufrimiento, arma eficacísima.

Es difícil sufrir, pero cuando caemos en la cuenta de que con el sufrimiento se salvan almas y se obtienen toda clase de favores celestiales y hasta materiales, entonces ya vamos aprendiendo a valorar nuestras cruces y padecimientos, y los ofrecemos por la salvación de las almas, primero de nuestros seres más queridos, y también de todo el mundo.
No otra cosa hizo Nuestro Señor, pues Él, siendo Dios, sabe muy bien el valor de la cruz, y tomó por ese camino regio del padecer.
No importa que quien sufre sea inocente o culpable, pues si sufre, es un redentor junto con Cristo, pues Cristo está en quien sufre.
Aprendamos a valorar un poco mejor nuestras cruces, y pensemos, cuando estamos en medio de la noche del dolor, que no sufrimos en vano, sino que es en el padecer cuando conquistamos gracias y favores admirables, y que después del sufrimiento viene el consuelo.
No hay otro camino para arrebatar almas al demonio que el de la oración y el sufrimiento. Cristo lo utilizó, también nosotros debemos utilizarlo, porque el discípulo no es superior al Maestro, y si el Señor eligió ese camino, nosotros también debemos elegirlo, como el Señor nos lo propone.
Hagamos el propósito, a partir de hoy, de mirar de diferente manera los sufrimientos que nos llegan, sabiendo que con ellos conquistamos el Cielo para nosotros y para los que amamos; y también obtenemos toda clase de favores celestiales pero también terrenales, para ir creciendo en santidad, que de eso se trata nuestra vida: de ir haciéndonos cada vez más santos.
No creamos que nuestro sufrimiento es un castigo de Dios, sino todo lo contrario, es una gracia, y de las más grandes y notables que nos hace Dios, porque nos da la posibilidad de pagar nuestras deudas con la Justicia divina, y así ahorrarnos años y quizás siglos de Purgatorio; y también si ya hemos pagado nuestra parte con la Justicia de Dios, lo restante lo podemos aplicar a salvar a quienes más queremos.
Veamos cómo trató el Padre eterno a su propio Hijo, y cómo trató también a la Santísima Virgen; y cuando estemos en el medio del sufrimiento recordemos estas cosas, y también las siguientes palabras de San padre Pío de Pietrelcina, que nos dice:
“Ten por cierto que si a Dios un alma le es grata, más la pondrá a prueba. Por tanto, ¡Coraje! y adelante siempre.
Por muy altas que sean las olas, el Señor es más alto. ¡Espera!… la calma volverá.
Las pruebas a las que Dios os somete y os someterá, todas son signos del amor Divino y Perlas para el alma.
Para crecer, necesitamos del pan básico: la cruz, la humillación, las pruebas y las negaciones.
Por los golpes reiterados de su martillo, el Artista divino talla las piedras que servirán para construir el Edificio Eterno.
Puede decirse con toda justicia que cada alma destinada a la gloria eterna es una de esas piedras indispensables. Cuando un constructor quiere levantar una casa, debe ante todo limpiar y nivelar el terreno; el Padre celestial procede de igual manera con el alma elegida que, desde toda la eternidad ha sido concebida para el fin que Él se propone; por eso tiene que emplear el martillo y el cincel. Esos golpes de cincel son las sombras, los miedos, las tentaciones, las penas, los temores espirituales y también las enfermedades corporales. Dad pues, gracias al Padre celestial por todo lo que impone a vuestra alma. Abandonaos a Él totalmente. Os trata como trató a Jesús en el Calvario.”3276578_640px

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