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Evangelio del día…

Evangelio del día.

Martes 13/SEP/16.

Lc 7, 11-17.

Por una madre.

Jesús se dirigió a una ciudad llamada Naím, acompañado de sus discípulos y de una gran multitud. Justamente cuando se acercaba a la puerta de la ciudad, llevaban a enterrar al hijo único de una mujer viuda, y mucha gente del lugar la acompañaba. Al verla, el Señor se conmovió y le dijo: “No llores”. Después se acercó y tocó el féretro. Los que lo llevaban se detuvieron y Jesús dijo: “Joven, yo te lo ordeno, levántate”. El muerto se incorporó y empezó a hablar. Y Jesús se lo entregó a su madre. Todos quedaron sobrecogidos de temor y alababan a Dios, diciendo: “Un gran profeta ha aparecido en medio de nosotros y Dios ha visitado a su Pueblo”. El rumor de lo que Jesús acababa de hacer se difundió por toda la Judea y en toda la región vecina.

1ª reflexión:

Jesús resucita al joven de Naím principalmente para consolar el corazón de su madre que era viuda y tenía a ese único hijo. Ojalá todas las madres pidieran por sus hijos ya que obtendrían del Corazón de Dios grandes milagros para ellos. Dios tiene debilidad por las madres ya que ve en ellas a su misma Madre la Santísima Virgen, a quien tanto amó y quiso darle siempre contento en todo como el mejor de los hijos.

Pidamos a la Santísima Virgen tener un gran amor a nuestras madres que han hecho tanto por nosotros.

2ª reflexión:

Es interesante ver que esta mujer de Naím tiene una gran similitud con la Santísima Virgen, pues es viuda y se le ha muerto el hijo único. También María, será viuda y se le habrá muerto el Hijo Único, Jesucristo. Y tal vez el Señor hace este milagro recordando o previendo lo que le sucederá a su amadísima Madre, cuando lo lleve a sepultar a Él, después de haber bebido todo el dolor del mundo.

Dice el texto que Jesús se conmovió, y esto es debido especialmente a que pensaría en su Madre y quiso regalarle a esta viuda el milagro tan hermoso de recuperar a su hijo sano y salvo, como luego lo haría Él mismo con su Madre, al resucitar de entre los muertos.

Ojalá nosotros nos parezcamos en algo a la Santísima Virgen, pues entonces el Señor, al verla reflejada en nosotros, hará grandes cosas por nosotros y los nuestros.

Pidamos a la Santísima Virgen la gracia de que venga a morar en nuestra alma y nos haga semejantes a Ella, para obtenerlo todo del Señor.

Jesús, María, os amo, salvad las almas.37702_carlos_0020_de_0020_haes_0020_6

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