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Tiempo…

Fragmento del Diario de Santa Faustina Kowalska,
“La Divina Misericordia en mi alma”, con comentario

31 + Una vez vi. una multitud de gente en nuestra capilla y delante de ella, y en la calle por no caber dentro [38]. La capilla estaba adornaba para una solemnidad. Cerca del altar había muchos eclesiásticos, además de nuestras hermanas y las de muchas otras Congregaciones. Todos estaban esperando a la persona que debía ocupar lugar en el altar. De repente oí una voz de que era yo quien iba a ocupar lugar en el altar. Pero en cuanto Salí de la habitación, es decir del pasillo, para cruzar el patio e ir a la capilla siguiendo la voz que me llamaba, todas las personas empezaron a tirar contra mí lo que podían: lodo, piedras, arena, escobas. Al primer momento vacilé si avanzar o no, pero la voz me llamaba aun con más fuerza y a pesar de todo comencé a avanzar con valor. Cuando crucé el umbral de la capilla, las Superioras, las hermanas y las alumnas [39] e incluso los Padres empezaron a golpearme con lo que podían, así que, queriendo o no, tuve que subir rápido al lugar destinado en el altar.

En cuanto ocupé el lugar destinado, (13) la misma gente y las alumnas, y las hermanas, y las Superioras, y los Padres, todos empezaron a alargar las manos y a pedir gracias. Yo no les guardaba resentimiento por haber arrojado contra mí todas esas cosas, y al contrario tenía un amor especial a las personas que me obligaron a subir con más prisa al lugar del destino. En aquel momento una felicidad inconcebible inundó mi alma y oí esas palabras: Haz lo que quieras, distribuye gracias como quieras, a quien quieras y cuando quieras. La visión desapareció enseguida.

Comentario:

Santa Faustina tiene una visión de lo que sería su camino hacia los altares, pues al principio sus revelaciones fueron censuradas, hasta que el Papa Juan Pablo II tomó cartas en el asunto y promovió su beatificación. Es interesante ver cómo las mismas personas que le tiraban cosas a la Hermana Faustina, con esa actitud la ayudan a subir más pronto a su lugar que Dios le tenía destinado en la Iglesia. Nosotros también debemos considerar que lo que nos hagan nuestros enemigos nos servirá para subir más rápido a la gloria que el Señor nos tiene reservada a cada uno. Por eso es que debemos rezar por los que nos persiguen y perdonarlos, pues aunque ellos tratan de hacernos mal, en realidad, al final resulta un bien porque Dios sabe sacar el bien de sus maldades.

Jesús, en Vos confío.atardecer-en-el-bosque_193447677

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