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Conversión…

Lectura espiritual

Ejemplo 3.

Una familia protestante se convierte al catolicismo

En la última sesión de un Congreso católico, celebrado en Lila (Francia), el sacerdote inglés P. Tuckwel habló de este modo:

“En una ciudad de Inglaterra residía una familia educada según la fe protestante.

De los varios hijos, el más pequeño, cuando contaba seis años, aprendió de unos amigos católicos el Avemaría.

Una tarde la recitó candorosamente delante de su madre, y ésta le reprendió y conminó a que nunca más pronunciara esas alabanzas a María, pues no era ella más que una mujer como todas las demás.

El niño, consecuente con la reprimenda recibida, no volvió a pensar ya en el Avemaría.

Pero, transcurridos bastantes días, y mientras esperaba a sus padres para ir al templo, tomó una Biblia y empezó a hojearla, encontrándose con el relato de San Lucas en que refiere la Anunciación.

El niño, al aparecer su madre, le muestra triunfante la página en que consta la salutación del Ángel a María, y dice:

–Ves, madre, el Avemaría está en la Biblia. ¿Por qué, pues, decís que no debe rezarse?

La madre, por única respuesta, le arrebató, enojada, el libro de sus manos, y le dijo:

–Cállate y no vuelvas a hablar más de esto.

No obstante, desde entonces, el niño repetía gustoso, en privado, las palabras leídas: “Dios te salve, llena de gracia, el Señor es contigo; bendita tú eres entre todas las mujeres”… Y meditando en esto se decía:

No es posible que María sea una mujer como las demás. Si así fuese, no le habría dicho el ángel lo que le dijo. Y esto está escrito en la Biblia, y según nos han enseñado en el Templo, la Biblia contiene la palabra de Dios.

Habiendo crecido el niño con esa convicción, y cumplido los trece años, surgió, en una velada familiar, otra vez la cuestión de la excelencia de la Virgen sobre las demás mujeres, y nuevamente se oyeron las voces de unos y otros rechazando la preferencia de María. Ante lo cual, el niño tomó la defensa de la Virgen, exclamando:

“¡No; no es verdad que la Virgen María sea igual a todas las mujeres, porque Dios ha puesto en los labios del Arcángel Gabriel la declaración de que “es llena de gracia” y de que es la destinada a Madre de Jesús, que es Dios hecho Hombre!…

¡Qué contradicción la vuestra!; decís que la Biblia es la regla de la religión y, sin embargo, no queréis reconocer lo que el sagrado Libro dice. Leed el canto de la Virgen: “Todas las generaciones me llamarán bienaventurada”… ¿Por qué vosotros os negáis a glorificarla como Madre de Dios?…”

El efecto de estas manifestaciones del joven fue terrible. Los padres estaban enfurecidos contra él. Y sus hermanos lo recriminaron.

Años después, el muchacho entró en el ejército de Su Majestad Británica y, libre de la potestad paterna, se convirtió al catolicismo.

Disfrutando en cierta ocasión unas vacaciones con su hermana mayor, que se había casado y tenía varios hijos, le censuró aquélla su fe católica, y añadió: “¿Ves a mis hijos? ¡Tú sabes cuánto los quiero! Pues bien; te aseguro que antes los mataría que consentir abrazasen esa religión”…

El hermano calló. Pero, a los pocos días, se dio el caso de que uno de los hijos de la joven que tan apasionada y enérgicamente había afirmado su anticatolicismo, contrajo una gravísima enfermedad (difteria) y corría inminentemente riesgo de muerte, porque la naturaleza del niño no respondía a los tratamientos aplicados por el médico.

Entonces, dijo a la madre su hermano:

–Ante esta situación desesperada en que estamos viendo que tu hijo se muere, olvida todo prejuicio y reza conmigo el Avemaría, implorando a la Virgen Santísima interceda y obtenga de Dios la salud del niño.

Y prométeme que si esto te concede el Cielo, examinarás serenamente la religión que yo practico, y si te convences de su verdad, me acompañarás en la misma.”

Resistió todavía un tanto la hermana; vaciló un rato, pero mirando la cama de su hijo enfermo y llorando angustiada, se dejó llevar por la esperanza de salvarlo, y se arrodilló junto a su hermano, recitando con él la salutación angélica.

Al siguiente día el niño estaba curado, con sorpresa del médico. Y la madre se mostró gozosa y agradecida a la Virgen, Madre de Dios, que con tanto poder, tan sabiamente y siempre tan misericordiosa, consuela a los afligidos.

A los tres meses de aquella curación, la familia entera era contada en el número de los católicos.

Y el hermano, que tanto bien contempló, dejando la vida militar, se hizo sacerdote.

Y ese sacerdote –terminó diciendo el P. Tuckwel– es el que os acaba de relatar todo esto”.casas-de-campo-1

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