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Humildad…

El que se humilla será elevado.

¡Cómo nos cuesta humillarnos ante Dios! ¡Cómo nos cuesta recibir una humillación de parte del prójimo, sin reaccionar violentamente y con ira, sin disculparnos y excusarnos!
Pero si entendiéramos que sobrevenida la humillación, venga de donde viniere, nos sirve para adelantar a pasos de gigante en la vida espiritual, entonces pediríamos, como los santos, más y más humillaciones de todo tipo.
¡Qué ganas de reaccionar tenemos cuando el prójimo nos molesta o nos insulta o humilla de alguna manera! No lo hagamos, sino digamos, ante las sugerencias de nuestro orgullo que quiere reparación, y de Satanás que nos induce a la rebelión, digámonos por dentro: “Apártate Satanás, ¿acaso no beberé el cáliz que Dios me da a beber?”.
Y en caso de que la ira quiera aflorar a nuestra piel, entonces huyamos, dejemos plantado a quien nos está ofendiendo y salgamos corriendo de allí, porque algunas tentaciones se vencen sólo huyendo.
Dios premia mucho a quien se humilla. A Jesucristo, que se humilló infinitamente, le dio el Nombre que está sobre todo nombre y lo elevó a lo más alto de los Cielos.
Y no devolvamos mal por mal, porque a veces nos tragamos la ofensa o humillación, pero maliciosamente esperamos la hora de nuestra venganza. Que esto no sea así, sino tengamos amor para quienes nos ofenden, pensando para nuestro interior y diciéndonos a nosotros mismos y a Dios: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”. Es lo que dijo el Señor en el colmo de su Pasión y humillación. Y es una gran verdad porque los hombres, muchas veces, azuzados por Satanás, no saben lo que hacen ni lo que dicen.
Seamos buenos con todos y no reaccionemos ante el mal. En este sentido es que el Señor nos enseña a poner la otra mejilla, ya que Él mismo lo practicó hasta el extremo.
¡Qué bien que nos hacen las humillaciones, porque nos permiten adelantar en el camino de la santidad, mortificando nuestro orgullo y soberbia, y haciéndonos descontar lo que debemos a la Justicia divina por las culpas cometidas!
No somos santos y por eso no pediremos, como lo hacían ellos, humillaciones; pero al menos trataremos, de hoy en más, de aceptar las que vengan solas por la simple convivencia en la tierra.2552103_e8d83e816e_m

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