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Sencillez…

Sencilla.

No compliquemos la doctrina católica que es sencilla, como Dios es sencillo, y que cualquiera la puede entender, y que incluso la entienden mejor los pequeños, y no los doctos y repletos de ciencia humana.
¡Qué misterio éste de que a veces los más dotados de inteligencia y saber, resulta que son los que más oposición y “peros” ponen a las manifestaciones de Dios y de la Virgen!
También Lucifer era el ángel más perfecto y bello, y esta perfección y belleza le perdió, porque se quiso poner por encima de Dios.
Muchos hoy quieren ponerse por encima de Dios, y hasta tienen la osadía de decir que si ellos hubieran estado en la creación del universo, le habrían dado algunos consejos a Dios, y habrían hecho las cosas de modo diverso. La verdad es que la soberbia no tiene límites, y en lugar de aceptar humildemente lo que Dios nos dice y creer firmemente, se niega o se pone en duda todo.
Pero ya el Señor nos lo ha dicho en su Evangelio, que el Padre ha ocultado los secretos del Reino a los sabios y prudentes según el mundo, y en cambio los ha revelado a los sencillos, humildes y pequeños.
Ojalá nosotros estemos dentro del número de los que acogen la Palabra de Dios con un espíritu virgen, sin tantas superestructuras y saberes terrenos, que muchas veces entorpecen la verdadera fe.
No nos extrañemos que en el Cielo veamos a muchos hombres y mujeres, tal vez incultos, pobres, despreciados por el mundo, pero ocupando los más altos puestos junto al Señor, porque supieron creer con sencillez y firmeza.
La ciencia, la verdadera ciencia nos debe llevar a Dios y hacernos más fácil el creer. Pero si lo que aprendemos, nos estorba el creer, entonces hay que descartarlo, porque para agradar a Dios y ser santos no hacen falta muchos libros y saberes, sino que con el Evangelio y la vida que vivimos, ya tenemos de sobra para llegar a ser santos, y arrastrar con nosotros a un número muy grande de almas hacia la santidad.
Huyamos de los teólogos que utilizan palabras difíciles y vuelven complicado lo que es simple, pues Dios es simple y lo que viene de Él también lo es.
Por eso a veces no nos animamos a hacer apostolado, porque nos parece que tenemos que explicar tantas cosas difíciles, que no sabemos por dónde comenzar a instruir a los otros. ¡Y sin embargo todo se reduce a amar a Dios con todas las fuerzas y potencias del alma, y amar al prójimo como a nosotros mismos, cumpliendo los Diez Mandamientos! Ahí está todo, y si enseñamos esto, ya estamos evangelizando de la mejor manera.

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