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Herejía…

Matar el error, amar al que yerra

Herejía de la acción.

Debemos tener siempre presente, especialmente en estos tiempos modernos en que todo se valora por el éxito, la eficacia, la acción, que los cristianos no tenemos ese modelo, sino otro distinto, que es el punto de vista de la fe, de la Verdad, es decir, de ver las cosas como las ve Dios. Porque una obra pomposa o exitosa a los ojos del mundo, e incluso a los ojos cristianos, puede ser un verdadero fracaso para el Cielo. Y en cambio, una obra que resulta un fracaso para la tierra, es un éxito para el Cielo.

¿A qué se debe que a veces estamos tan ocupados con las “cosas de Dios” que no tenemos tiempo ni para rezar? Parece que somos como aquellos que pasaron junto al malherido de la parábola del Buen Samaritano y, ocupados con las cosas de Dios, pasaron de largo y se olvidaron del amor y la misericordia.

Recordemos que la acción apostólica, y toda acción, debe brotar de la contemplación, de la oración. Los Santos eran muy activos, pero su motor era la oración. Pasaban horas y horas en oración con Dios, y frente al Santísimo Sacramento. De allí debe brotar toda nuestra acción, desde el apostolado hasta las cosas más sencillas que hacemos.

Santa Teresita es Patrona de las Misiones y nunca salió del convento. Esto es un gran ejemplo que nos quiere poner la Iglesia para que lo tengamos en cuenta en nuestra vida.

Es que todo corre tan rápido, y se busca tanto el éxito y la eficiencia, que a todos nos puede pasar de dejarnos llevar por la vorágine de la acción desordenada, olvidándonos del gran poder que tienen la oración, la meditación, la contemplación.

Es tiempo de volver a poner cada cosa en su lugar y ver todo como lo ve Dios, para no ser engañados miserablemente y que, en el día del Juicio, creyendo presentarnos ante el Juez con las manos llenas de buenas obras, quedemos en realidad con las manos vacías, porque hemos hecho muchas obras pero sin corazón, sin amor, sin oración.

Porque como dijo San Francisco de Sales: “Es el amor lo que da precio a todas nuestras obras; no es por la grandeza y multiplicidad de nuestras obras por lo que agradamos a Dios, sino por el amor con que las hacemos”.

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