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Buenas companías…

Buenas compañías

Del Catecismo de la Iglesia Católica.

589 Jesús escandalizó sobre todo porque identificó su conducta misericordiosa hacia los pecadores con la actitud de Dios mismo con respecto a ellos (cf. Mt 9, 13; Os 6, 6). Llegó incluso a dejar entender que compartiendo la mesa con los pecadores (cf. Lc 15, 1-2), los admitía al banquete mesiánico (cf. Lc 15, 22-32). Pero es especialmente, al perdonar los pecados, cuando Jesús puso a las autoridades de Israel ante un dilema. Porque como ellas dicen, justamente asombradas, “¿Quién puede perdonar los pecados sino sólo Dios?” (Mc 2, 7). Al perdonar los pecados, o bien Jesús blasfema porque es un hombre que pretende hacerse igual a Dios (cf. Jn 5, 18; 10, 33) o bien dice verdad y su persona hace presente y revela el Nombre de Dios (cf. Jn 17, 6-26).

Comentario:

Jesús era Jesús, era Dios, y por eso podía comer con pecadores sin volverse Él mismo un pecador. No hagamos lo mismo nosotros, porque comparados con Jesús somos menos que nada, y si a la maldad de los pecadores se suma nuestra maldad interior y nuestras tendencias a pecar, estamos listos, porque en lugar de convertir a los pecadores, terminaremos siendo “convertidos” por ellos. Esto vaya para aquellos predicadores que siempre dicen que hay que juntarse con todos, que no hay que discriminar, que Jesús comía con los pecadores, etc., etc. Pero Jesús era Jesús, y nosotros somos débiles. Es mejor frecuentar a personas virtuosas, si bien no debemos despreciar a ninguno. Pero los tiempos son tan malos y cuesta tanto vivir en la virtud, que será mejor para nosotros huir de los pecadores, rezando más bien por ellos, pero no participando de sus reuniones. Claro que habrá excepciones para quienes se crean bien preparados para evangelizar. Pero tampoco hay que pretender ir a evangelizar a una discoteca, porque los “evangelizados” seremos nosotros.

Los tiempos son muy malos y tenemos que cuidar la gracia santificante a toda costa. “¡Morir antes que pecar!” decían los santos. Y también debemos decirlo, y cumplirlo, nosotros. Así que si tenemos que cortar con el mundo y con los pecadores, hagámoslo sin miramientos, porque como dice el dicho popular: “Alma por alma, salvo la mía”.

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