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El silencio de Dios…

0_8e5ad_16e70623_-1-origpor qué el aparente silencio de Dios?

Dios siempre responde… incluso cuando calla.
De hecho, Dios no calla nunca. Siempre está en diálogo con nosotros. El problema está en que, por desgracia, ese diálogo no llega a establecerse como tal porque la mayor parte de las veces sólo Él quiere comunicarse. No nosotros. Inmersos en lo material de cada día, no le prestamos oído. Nuestro nivel de confianza, de abandono, de relación con Dios es tan pobre, que no conseguimos establecer el vínculo necesario para que su voz (o su silencio, igualmente respuesta) resuene en nuestra alma. La factura del frigorífico, la escuela de los niños,el cotidiano trabajo … preocupaciones constantes que llenan el tiempo de nuestra vida. Es lógico que sea así. No es ningún pecado pensar en ello. Más bien todo lo contrario, debemos velar por la felicidad de aquellos que nos rodean. Y cualquier ser humano por aquellos que se cruzan en su camino cada día. Repito: es lógico que sea así… pero NO SOLO ASI.
Descuidamos la otra parte de nuestra existencia, la espiritual, que tiene que evidenciarse un día como la principal. Jesús recrimina a Marta el cuidado fuera de lugar que en aquel momento en que Él está en la casa ésta pone en las cosas materiales, y alaba a su hermana María por que, ella sí, sabe discernir donde está lo importante de aquel momento -escucharle a Él-: “Marta, Marta, te preocupas y te agitas por muchas cosas; y hay necesidad de pocas, o mejor, de una sola. María ha elegido la parte buena, que no le será quitada.” (Lc. 10, 41-42).
Y es que al fin de nuestros días sólo tendrá importancia nuestra dimensión espiritual, no las cosas materiales que habremos abandonado en la tierra: bienes, dinero, poder, placeres…. y que tanto tiempo y dedicación supusieron.
¡Y, sin embargo, a pesar de nuestro alejamiento de Él, a pesar de lo poco que le tenemos presente en nuestras vidas, le pedimos “cuando truena” que nos saque de los apuros!. Y, encima, nos quejamos si nos parece que no respondió. Creemos que ya que se lo pedimos y que somos sus hijos nos tiene que conceder siempre lo que le solicitemos, olvidándonos de que los padres (los buenos padres) no siempre dicen “sí” a los ruegos de sus hijos.

“Hemos de estar muy agradecidos a Dios, porque nos da no lo que queremos sino lo que nos conviene” (Santa Angela de la Cruz, sevillana, fundadora de las Hermanas de la Cruz, orden pobre dedicada a los pobres)

Porque, al fin y al cabo, lo importante es que…

“Dios realiza no todos nuestros deseos, sino todas sus promesas” (Dietrich Bonhöeffer, teólogo protestante alemán. Citado por Lluís Duch en “Sinfonía inacabada: la situación de la tradición cristiana”)

¡Qué fácil sería descolgar un teléfono y tener línea directa con Dios! Conocer sus respuestas a nuestras peticiones, de primera mano e, incluso, con derecho a discutírselas si hiciera falta. Pero… ¿qué sería de nuestra participación personal en esto de la fe? ¿Dónde quedaría nuestra libertad de creer en él… o no creer? ¿Cual nuestro papel, reducido al de mero títere? No sería una opción personal y libre, sino, simplemente, un “deber” sin escapatoria, como dice A. Patin:

“A Dios jamás le ha visto nadie. Mejor así… Si, mucho mejor, pues de lo contrario el creyente estaría condenado a repetir sin cesar esta visión; con la mirada puesta en el pasado, ya no tendría nada que descubrir; esta ausencia es la base de su libertad, de su responsabilidad. Sin esta ausencia, no habría ni historia posible, ni evolución, ni opción verdadera. Para que los hombres puedan ser protagonistas de su porvenir, es preciso que sean libres de toda presencia que se imponga. Por eso Dios no está detrás, encerrado en los libros, inventariado en fórmulas bien elaboradas, cerrado en experiencias hechas una vez por todas… La fe no puede nunca ser descanso, invitación al sueño o droga más o menos dulce. Es búsqueda, iniciativa, aventura.” (A. Patin, prolífico escritor sobre Dios, Jesús y los evangelios. De: “A Dios jamás le ha visto nadie”)

Es esa misma característica de búsqueda uno de los factores de la salvación: querer encontrarle, querer conocerle más, querer incluso comprenderle mejor… .

“Dios no se manifiesta jamás al creyente con tanta claridad como para eliminar en él toda inquietud. Pero tampoco está nunca tan oculto al incrédulo como para que éste se vea libre de todo malestar, de lo que podríamos llamar una duda sobre su propia incredulidad.” (Jean Lacroix, filósofo. Citado por Gregorio M. Almendres en “Evangelización de los alejados. Temas de catecumenado”)

Porque es esta misma inquietud o duda la que nos encaminará hacia la búsqueda. Hay algo en los seres humanos, inscrito en sus genes, que nos empuja hacia adelante, a la investigación, a buscar comprender lo que está escondido, a desvelar los misterios, a descubrir lo oculto. Ese algo que nos empuja a querer saber despierta en nosotros en forma de una cierta inquietud. Y cuando se trata de Dios, eso es bueno, porque significa -a sus ojos, que le queremos encontrar.

“Desde hacía algunos años, Martine, mi esposa, me hablaba de su interés en la sesión de las familias en Paray-le-Monial.
Yo siempre encontraba buenas razones para justificar mi rechazo debido a un cierto escepticismo en cuanto al sentido de un encuentro como aquel. En 1998, acepté, al fin, que fuésemos a Paray-le-Monial con nuestros tres hijos.
Al llegar, me impresioné por el número de participantes. Los primeros días fueron, en realidad, difíciles para mí, la gente, el ruido, el polvo, las hileras de gente esperando eran los únicos acontecimientos que yo vivía. Ocupado en los aspectos materiales de la jornada, inquieto, tenía prisa por volver, incluso, en ciertos momentos del día, por huir.
Pero una noche había de cambiar el curso de los acontecimientos… Llevado por un sacerdote, el Santo Sacramento pasaba por en medio de la asamblea. De pie, adivinaba su avance por los pasillos. A mi alrededor, se iban arrodillando más y más participantes. Un calor intenso me envolvió entonces, al mismo tiempo que una fuerte emoción. Caí de rodillas. El Santo Sacramento pasó delante de mí, después se alejó. Grité a Jesús: ¡Mírame, Señor!”. Entonces con el sacerdote alejándose y sin razón lógica éste se paró, se volvió hacia mí e inclinó ligeramente el Santo Sacramento. No pude contener las lágrimas, impactado por la delicadeza de Dios, que había escuchado mi plegaria. Después de aquella noche, seguí, durante todas las sesiones, inmerso en una gran paz que se renovaba a cada adoración.
Mis tribulaciones de los primeros días se transformaron en una gran alegría en la que yo vivo aun algunos meses después de aquella noche” (Testimonio anónimo publicado en la revista “Il est vivant” )

Quiero subrayar aquí una importante característica del ser humano que hay que tener muy en cuenta cuando evaluamos la presencia de Dios (su voz o su silencio) en nuestras vidas: la falta de perspectiva. Pedimos que las respuestas de Dios sean inmediatas y, por supuesto, que las haya. Sin embargo, no siempre es así y las aparentes no-respuestas no son entendidas. Pero, echad la vista atrás, rememorad las ocasiones en las que la no-respuesta se puede por fin entender a la luz de acontecimientos posteriores, a veces después de muchos años, sin que en el momento en que vivimos el aparente silencio de Dios, o recibimos la respuesta que no supimos detectar, nos percatáramos de ello. Cuántas veces comprendemos el porqué o nos damos cuenta de que sí hubo una respuesta viendo las cosas en perspectiva!. Edith Stein (Santa Teresa Benedicta de la Cruz) escribió:

“Yo me propongo hacer unos estudios, y con ese fin selecciono una universidad que responda a mi especialidad (…) El hecho de conocer por azar en esta ciudad a un hombre que hace allí igualmente sus estudios y establecer una conversación con él un día, por azar, a propósito de cuestiones sobre la representación del mundo, no me parece (…) manifestar una coherencia inteligible; pero cuando repienso mi vida después de años, entonces comprendo que esta conversación fue de una importancia capital para mi, tal vez más esencial todavía que todos mis estudios, y concibo el pensamiento de que me era necesario ir tal vez expresamente para eso a aquella ciudad” (Santa Teresa Benedicta de la Cruz -Edith Stein-. Filósofa alemana, monja carmelita y mártir, muerta en Auschwitz. Del libro “Edith Stein, filósofa crucificada” de Joachim Bouflet)

Depende de Dios -y es bueno y conveniente que sea así, pues Él es quien “sabe”, no nosotros- obrar en nuestra vida. Él siempre responde. A veces claramente, otras callando (que tanto puede significar un “no”, un dejar la decisión a nuestro libre albedrío, o un “por ahora, no es el momento”), pero siempre para nuestro bien.
Como Padre Él nos pone en el camino de la vida -o permite- las situaciones que puedan ayudarnos. Desde luego, respetando siempre nuestra libertad. A veces, incluso, parece retirarse, como para que seamos capaces de una reacción que nos impulse hacia arriba de nuevo, capaces de entregarnos a su Voluntad con un cheque en blanco:

“A algunos meses de mis votos perpetuos, yo había descubierto, después de una vida de fe sin historia, que en el camino de un creyente pueden haber momentos en la noche. De golpe, sin que comprendiera porque, el diálogo cotidiano que desde la infancia tenía con Cristo se había roto. Nada pasaba, la plegaria se había secado. El agujero negro, el desierto. Yo seguía creyendo en Dios, pero no sentía ya su presencia. Tenía que pronunciar mis votos definitivos y ya no sabía donde estaba Dios. A pesar de todo, di el paso apoyándome en mis hermanos de comunidad. Mi compromiso de vida me parecía una especie de salto en el vacío. Un verdadero reto.
Una prueba que me permitió crecer. Como si Dios hubiera escogido retirarse para dejarme madurar, como si mi vida religiosa tuviera necesidad de este tiempo de desierto. Dios no estaba ya presente, pero, haciéndolo, me daba la libertad de buscarlo. Seguirlo no era ya una evidencia, sino una decisión. Me hizo falta tiempo para aceptar este vacío, esta ausencia que viven muchos creyentes y que numerosos místicos describen en sus escritos. Yo tenía el sentimiento de haber hecho, hasta el momento presente, la voluntad de Dios. Y Dios, retirándose, me pedía que diera un paso, a mi vez, hacia Él. Yo no había sido pre-programado para ser un “soldado de Dios” pero la íntima convicción de que Dios quería mi felicidad modeló mi fidelidad.
No he vuelto a encontrar la intimidad que de niño tenía con Cristo. Pero, poco a poco, he comprendido que es por amor que Dios se esconde para permitirnos llegar a ser aquello que somos” (André Antoni, provincial de los Asuncionistas franceses . De una entrevista en “Panorama” )

O como explicó también Martin Luther King:

“Después de un día particularmente fatigoso, fui a dormir muy tarde. Mi mujer se había dormido, y yo estaba a punto de adormecerme cuando sonó el teléfono. Una voz irritada dijo: `Escucha, negro, hemos tomado medidas contra ti. Antes de la próxima semana maldecirás el día que viniste a Montgomery´. Colgué, pero ya no pude dormir. Parecía como si todos los temores me hubiesen caído encima a la vez. Había llegado al punto de saturación.
Salté de la cama y empecé a andar por la estancia. Finalmente, entré en la cocina a calentarme un poco de café. Estaba dispuesto a abandonarlo todo. Intenté pensar en una manera de esfumarme de todo aquello sin parecer un cobarde. En aquel estado de abatimiento, cuando mi coraje casi había muerto, determiné presentar mi problema a Dios. Con la cabeza entre las manos, me incliné sobre la mesa de la cocina rezando en voz alta. Las palabras que dije a Dios aquella noche aun están vivas en mi memoria: `Estoy aquí, tomando posición por aquello que creo es de justicia. Pero ahora tengo miedo. La gente me elige para que sea su capitán y, si me presento delante de ellos falto de fuerza y coraje, también ellos se hundirán. Estoy al límite de mis fuerzas. No me queda nada. He llegado al punto en que ya no puedo hacerle frente yo solo´.
En aquel instante experimenté la presencia de la divinidad como nunca antes de entonces la había experimentado. Parecía como si pudiese sentir la seguridad calmante de una voz interior que me decía: `Toma posición por la justicia, toma posición por la verdad. Dios estará a tu lado siempre´. Casi en el acto sentí que mis temores me abandonaban. Desapareció mi incertidumbre. La situación exterior continuaba siendo la misma, pero Dios me había dado la calma interior” (Martin Luther King (1929-1968), pastor baptista. Lider del movimiento no violento contra la discriminación racial en los Estados Unidos. Citado per Pere Micaló y Enric Plantés en “Viure enfora”)

Y es que fe, la entrega, el abandono, es necesario para obtener una respuesta. Del tipo que sea. Hay que tratarle de Padre. Y amarle como tal. Él viene a buscarnos, hasta muy cerca de nosotros, esperando que le vayamos a encontrar. Y ahí cualquier movimiento hacia Él puede servir:

“Se le acercó al confesionario un político que le dijo que no iba a confesarse, sino a resolver algunas dudas que tenía. El santo cura de Ars, por su parte, le indicó que fuera a comulgar y que luego hablarían de las dudas en cuestión. Después de comulgar San Juan M. Vianney le preguntó al político cuales eran sus dudas, a lo que éste respondió que ya no tenía dudas” (Anécdota contada por Javier M. Suescun en “Carlos de Foucauld en el Sahara, entre los tuareg” sobre San Juan María Bautista Vianney, más conocido como “el cura de Ars” .)

Un famosísimo filósofo, Soren Kierkegaard, resumió así la actitud (la confianza y la fe) que hay que tener en Dios, para entender que tanto si “habla” como si “calla” Él siempre dispone lo mejor para nosotros:

“No nos dejes nunca olvidar que Tú hablas también cuando callas. Concédenos tener esta confianza cuando esperamos tu venida. Que te callas por amor, como hablas por amor. Tanto si te callas como si hablas, Tú eres siempre el mismo Padre, el mismo corazón paterno, tanto si nos guías por tu voz, como si nos enseñas por tu silencio” (Soren Kierkegaard, filósofo y teólogo danés, pensador destacado del “existencialismo”.)

Paz y Bien,

Itzel Paz de Silgado

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