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Rayos de Fé…

Rayos de Fe

Resurrección de Cristo. 

Si Cristo no resucitó, vana es nuestra fe, dice el Apóstol. Y hoy, por muchos, incluso dentro de la misma Iglesia Católica, es negada esta verdad de fe: que Cristo resucitó.

Tengamos cuidado porque el racionalismo es una peste que lo corrompe todo, y así se va metiendo en nosotros incluso sin que nos demos cuenta. Por eso el Señor ha dicho en su Evangelio que debemos hacernos como niños, que creen fácilmente en lo que le dicen sus mayores. Y si bien a veces los mayores mienten, incluso con buenas intenciones; debemos saber que Dios no miente, y que lo que nos ha dicho y transmitido en su Palabra, es verdadero, y por eso tenemos que fiarnos de Él.

El Señor ha resucitado realmente y en este misterio descansa toda nuestra fe católica. Porque la herencia del pecado era la muerte, corporal y espiritual, material y eterna. Pero cuando Cristo resucita, es señal de que la muerte ha sido vencida y que todos los hombres, al fin del mundo, resucitaremos; unos para eterna vida, y otros para la confusión eterna.

Nos suele pasar que decimos que creemos estas verdades de la Fe, pero a veces vivimos como si no las creyéramos. Porque, por ejemplo, si creyéramos firmemente que al fin del mundo habrá un Juicio Final en que TODO quedará descubierto a la faz del mundo, no viviríamos engañando y siendo hipócritas, ni obteniendo ganancias dudosas en los negocios y demás, porque estaríamos convencidos de que todo lo que hoy hacemos en secreto, un día quedará descubierto ante el universo entero.

Y cosas como éstas nos suceden siempre, que decimos creerlas, pero vivimos como dormidos, como soñando, y creyendo que “quizás a mí no me toque”, o también, “quizás no sea tan grave lo que hago, ni se descubra algún día”. ¡Cuidado!, porque estamos viviendo una fe teórica pero no práctica, y somos ateos prácticos, porque decimos que creemos, pero luego, en los hechos, negamos lo que creemos.

Pero a veces es porque somos un poco necios, y no pensamos las cosas. Hagamos como hacían los Santos, que noche y día pensaban que tendrían que dar cuenta hasta de la mínima acción, hasta de la menor palabra, ante Dios y el mundo todo, y entonces sí que obraremos bien.

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